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Hubert de Givenchy, uno de los grandes maestros de la alta costura francesa y creador de una elegancia que sigue inspirando décadas después.

Hubert de Givenchy: el diseñador que convirtió la elegancia en algo eterno

Hay diseñadores que crean prendas bonitas. Otros consiguen definir una época. Y luego están aquellos cuyo nombre acaba convirtiéndose casi en sinónimo de una manera de entender la moda.

Hubert de Givenchy pertenece a estos últimos.

Elegante, discreto, perfeccionista y profundamente respetuoso con el oficio, construyó una de las grandes casas de la alta costura francesa y creó una estética que, décadas después, continúa resultando sorprendentemente actual.

Pero detrás de los vestidos impecables, de Audrey Hepburn, del famoso vestido negro y de las imágenes que forman parte de la historia de la moda, hay algo que a nosotras nos interesa todavía más:

hay costura.

Hay patronaje, pruebas, tejidos escogidos con muchísimo cuidado, volúmenes estudiados, acabados impecables y muchas horas de atelier.

Así que hoy, Soñadora, abrimos las puertas de una de las grandes maisons de París.

Hoy conocemos a Hubert de Givenchy.

Hubert de Givenchy antes de Givenchy

Hubert James Marcel Taffin de Givenchy nació el 20 de febrero de 1927 en Beauvais, Francia, en el seno de una familia aristocrática.

Su padre murió cuando Hubert era todavía un niño y creció principalmente rodeado por su madre y su abuela materna.

Y precisamente en su familia encontramos una de las primeras pistas para entender su sensibilidad estética.

Su abuelo materno, Jules Badin, estuvo vinculado a la histórica manufactura de tapices de Beauvais y fue un importante coleccionista. Aquel entorno permitió al joven Givenchy crecer rodeado de objetos, tejidos y artes decorativas.

La moda comenzó a llamarle muy pronto.

Con apenas 17 años se trasladó a París, donde estudió en la École Nationale Supérieure des Beaux-Arts y comenzó a abrirse camino en una industria que por entonces vivía uno de sus momentos más fascinantes.

París estaba a punto de convertirse en el escenario de una auténtica revolución de la alta costura.

Y Givenchy estaba allí para verla… y terminar formando parte de ella.

De Jacques Fath a Elsa Schiaparelli: aprender antes de volar

Antes de fundar su propia casa, Hubert de Givenchy pasó por algunos de los talleres más importantes de París.

Trabajó para Jacques Fath, después para Robert Piguet y también tuvo una breve experiencia con Lucien Lelong.

Finalmente llegó a la casa de Elsa Schiaparelli, donde asumió responsabilidades creativas en una de sus boutiques.

Imagínate el aprendizaje.

Givenchy estaba conociendo desde dentro el funcionamiento de las grandes casas parisinas: el trabajo de las costureras, las pruebas sobre el cuerpo, la relación entre diseñador y atelier, la construcción de una colección…

Pero también estaba descubriendo algo fundamental:

qué tipo de diseñador quería ser.

En 1952, con solo 25 años, decidió dar el salto.

Había llegado el momento de poner su propio nombre sobre la puerta.

1952: nace la Maison Givenchy

Hubert de Givenchy abrió su casa de moda en París en 1952.

Y su primera colección ya dejó bastante claro que aquel joven altísimo que acababa de llegar a la alta costura no pretendía limitarse a repetir lo que hacían los demás.

No disponía del enorme presupuesto de otras maisons, así que tuvo que recurrir a materiales relativamente sencillos y concentrar el esfuerzo en aquello que realmente podía marcar la diferencia:

el diseño y la construcción.

Y apareció una de las prendas más famosas de sus comienzos.

La blusa Bettina

La modelo Bettina Graziani abrió aquel primer desfile con una blusa blanca de algodón con grandes mangas rematadas con volantes y bordados negros.

La prenda terminaría siendo conocida como Blusa Bettina.

Era fresca, joven y bastante diferente de la imagen extremadamente rígida que todavía asociamos a parte de la alta costura de aquellos años.

Pero aquella colección escondía otra idea todavía más interesante.

Givenchy proponía piezas separadas que podían combinarse entre sí.

Blusas, faldas y prendas que permitían a una mujer crear diferentes conjuntos.

Hoy puede parecernos completamente normal.

En la alta costura de comienzos de los cincuenta, no lo era tanto.

Givenchy estaba empezando a introducir una elegancia más ligera y más adaptable a la vida real.

Balenciaga: maestro, amigo y una influencia decisiva

Si queremos comprender realmente a Hubert de Givenchy tenemos que detenernos en un nombre:

Cristóbal Balenciaga.

Givenchy admiraba profundamente al diseñador español y con el tiempo entre ambos nació una estrecha amistad.

Balenciaga era casi veinte años mayor y ya estaba considerado uno de los grandes maestros de la alta costura.

Givenchy encontró en él mucho más que una referencia profesional.

Compartían una forma de entender el diseño basada en la construcción, el respeto por el tejido, el volumen y la búsqueda de una elegancia que no necesitaba adornarse constantemente para llamar la atención.

Balenciaga dominaba como pocos la arquitectura de una prenda.

Givenchy tomó buena nota.

Con el tiempo, ambos llegaron incluso a coordinar algunas decisiones profesionales. En 1957, por ejemplo, sus casas decidieron presentar las colecciones a la prensa un mes después de hacerlo ante los compradores, intentando proteger sus diseños frente a las copias.

La relación entre ambos fue mucho más profunda que una simple influencia estética.

Givenchy siempre reconocería a Balenciaga como uno de sus grandes maestros.

Audrey Hepburn y Givenchy: cuando una amistad cambia la historia de la moda

Y entonces apareció ella.

Audrey Hepburn.

La historia de su primer encuentro se ha contado muchísimas veces porque tiene todos los ingredientes para convertirse en una anécdota perfecta.

Cuando avisaron a Givenchy de que «Miss Hepburn» quería visitarlo, el diseñador pensó que se trataba de Katharine Hepburn.

Pero quien apareció en su atelier fue una jovencísima Audrey.

Estaba preparando el vestuario de Sabrina y buscaba prendas parisinas para su personaje.

Givenchy se encontraba trabajando en su colección y no podía crear un vestuario completo desde cero, así que Audrey escogió diferentes prendas de colecciones anteriores.

Aquello fue el principio de una relación creativa y personal que duraría décadas.

Givenchy vestiría a Audrey Hepburn dentro y fuera de la pantalla y juntos construirían algunas de las imágenes más reconocibles del siglo XX.

El vestido negro que terminó convertido en un icono

Hay prendas que sobreviven a la película para la que fueron creadas.

El vestido negro asociado a Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s) es probablemente uno de los mejores ejemplos.

La imagen de Audrey Hepburn frente al escaparate de Tiffany & Co., con vestido negro, guantes largos, collar de perlas y gafas oscuras, se convirtió en historia del cine y de la moda.

El diseño partía de una idea aparentemente sencilla.

Un vestido negro.

Pero precisamente ahí aparece una de las grandes lecciones de Givenchy:

cuando la construcción funciona, no hace falta llenar una prenda de cosas.

La silueta, las proporciones, el escote, el tejido y los complementos hacen el resto.

Y quizá por eso aquella imagen continúa funcionando más de sesenta años después.

Mucho más que Audrey Hepburn

La relación con Audrey fue tan importante que a veces eclipsa todo lo demás.

Pero Givenchy vistió a algunas de las mujeres más conocidas de su tiempo.

Entre sus clientas estuvieron Jacqueline Kennedy Onassis, Grace Kelly, Wallis Simpson, la duquesa de Windsor, y numerosas figuras de la alta sociedad, el cine y la cultura.

Uno de los episodios más recordados está relacionado con Jacqueline Kennedy.

Para una visita oficial a Francia en 1961, la primera dama estadounidense llevó diferentes creaciones de Givenchy, consolidando todavía más la presencia internacional del diseñador.

Su estilo funcionaba especialmente bien en mujeres que buscaban algo que él dominaba como pocos:

llamar la atención sin parecer que estaban intentando llamar la atención.

Y eso es muchísimo más difícil de conseguir de lo que parece.

La silueta saco: cuando la cintura dejó de mandar

Una de las aportaciones más interesantes de Givenchy llegó a finales de los años cincuenta.

Durante años, buena parte de la moda femenina había construido la silueta alrededor de una cintura muy marcada.

Givenchy, influido también por las investigaciones de Balenciaga, comenzó a liberar el cuerpo de aquella estructura.

En 1957 apareció el llamado vestido saco (sack dress).

La cintura prácticamente desaparecía.

La prenda caía desde los hombros y construía el volumen de una manera completamente diferente.

En aquel momento resultó radical.

Porque cambiar la posición de una costura puede parecer poca cosa… hasta que esa costura es precisamente la que durante años ha definido cómo debe ser el cuerpo femenino.

La silueta evolucionaría posteriormente hacia formas más estilizadas y acabaría contribuyendo a otra de las grandes líneas asociadas a finales de los cincuenta: la línea baby doll.

Givenchy estaba demostrando que la elegancia también podía existir sin encorsetar el cuerpo.

El tejido nunca es un detalle

Si hay algo especialmente interesante para quienes cosemos es observar la relación de Givenchy con los tejidos.

Porque sus diseños pueden parecer sencillos cuando los vemos desde lejos.

Pero basta acercarse un poco.

Sedas, satén, encajes, bordados, aplicaciones, transparencias, tejidos estructurados…

Givenchy entendía perfectamente que un tejido no es simplemente el material con el que se confecciona un diseño.

Es parte del diseño.

La caída modifica una silueta.

El grosor cambia un volumen.

Una transparencia puede aligerar una prenda.

Un tejido rígido puede construir una forma completamente nueva.

Y los interiores de sus vestidos revelan algo que las fotografías de alfombra roja casi nunca enseñan:

la cantidad de trabajo que existe para conseguir que algo parezca sencillo.

Costuras internas, cintas, cierres, refuerzos, corchetes, estructuras…

La alta costura también vive por dentro.

Givenchy también entendió que la moda estaba cambiando

Hubert de Givenchy había nacido dentro del universo de la alta costura, pero supo comprender que la sociedad estaba evolucionando.

En los años sesenta lanzó su línea de prêt-à-porter femenino, Givenchy Nouvelle Boutique.

Era una señal clara.

La moda ya no podía existir únicamente alrededor de clientas que encargaban prendas realizadas prácticamente a medida.

Una nueva generación quería vestir diseño de otra manera.

Más adelante, la casa ampliaría también su universo hacia la moda masculina, los accesorios y la perfumería.

El nombre Givenchy estaba dejando de pertenecer únicamente al atelier para convertirse en una auténtica Maison internacional.


L’Interdit: un perfume nacido de una amistad

La relación entre Givenchy y Audrey Hepburn también llegó hasta la perfumería.

En 1957, la casa lanzó L’Interdit, un perfume estrechamente vinculado a la actriz.

Su nombre significa «lo prohibido».

La historia alrededor del nombre se ha convertido casi en leyenda: cuando Givenchy planteó comercializar una fragancia que inicialmente había sido creada para Audrey, ella habría respondido en tono de broma que se lo prohibía.

Sea como sea, la relación entre ambos volvió a convertirse en parte de la identidad de la Maison.

Y Audrey Hepburn terminaría apareciendo vinculada públicamente al perfume, algo poco habitual entonces para una actriz de su categoría.

1995: la despedida de Hubert de Givenchy

Después de más de cuatro décadas al frente de su casa, Hubert de Givenchy presentó su última colección de alta costura en 1995.

La Maison había sido adquirida años antes por el grupo LVMH, pero Givenchy continuó diseñando hasta su retirada.

Su despedida cerraba una etapa irrepetible.

El joven que en 1952 había comenzado con recursos limitados, utilizando algodón y apostando por prendas combinables, se marchaba convertido en uno de los grandes nombres de la alta costura francesa.

Pero la historia de Givenchy no terminaba con Hubert.

La casa tenía que aprender a continuar sin su fundador.

Después de Givenchy: una Maison, muchas miradas

Pocas cosas explican mejor la fuerza de una casa de moda que comprobar cómo puede sobrevivir a su creador.

Después de la retirada de Hubert de Givenchy, diferentes diseñadores asumieron la dirección creativa y fueron reinterpretando sus códigos.

Y no todos lo hicieron de la misma manera.

John Galliano

John Galliano fue elegido como sucesor de Hubert de Givenchy en 1995.

Su paso fue muy breve, pero históricamente importantísimo: por primera vez otra persona ocupaba el lugar creativo del fundador.

Su universo teatral, exuberante y narrativo contrastaba muchísimo con la sobriedad de Hubert.

La transición había comenzado.

Alexander McQueen

Después llegaría Alexander McQueen, que dirigió Givenchy entre 1996 y 2001.

McQueen llevó a la Maison una visión mucho más dramática y provocadora.

Sus colecciones introdujeron teatralidad, estructuras extremas y una forma radicalmente diferente de entender la pasarela.

No intentó convertirse en Hubert de Givenchy.

Y probablemente ahí estaba precisamente el reto: descubrir cuánto podía cambiar una casa sin dejar de ser reconocible.

Riccardo Tisci

En 2005 llegó Riccardo Tisci, cuya etapa sería mucho más larga.

Tisci construyó una nueva identidad para Givenchy mezclando romanticismo oscuro, referencias góticas, sastrería, encaje y una sensibilidad mucho más contemporánea.

También consiguió conectar la casa con una nueva generación y reforzó enormemente su presencia en la cultura popular.

Givenchy volvía a ocupar un lugar central en la conversación de moda.

Clare Waight Keller

En 2017, Clare Waight Keller se convirtió en la primera mujer en dirigir artísticamente la Maison.

Su Givenchy recuperó parte de aquella elegancia limpia y depurada que asociamos con el fundador, combinándola con una visión contemporánea.

Y durante su etapa llegó uno de los vestidos más conocidos de la historia reciente de la casa: el vestido de novia que llevó Meghan Markle en su boda con el príncipe Harry en 2018.

Otra vez Givenchy formando parte de una imagen destinada a recorrer el mundo.

Una Maison que continúa escribiendo su historia

Después llegarían nuevas etapas y nuevas interpretaciones.

Porque eso es precisamente lo fascinante de las grandes casas de moda.

No permanecen congeladas.

Cambian.

A veces muchísimo.

Cada director creativo recibe un archivo, unos códigos y una historia, pero también tiene que encontrar una manera de hacerlos relevantes para su propio tiempo.

Y quizá ahí esté una de las mayores pruebas del legado de Hubert de Givenchy.

Su Maison ha podido transformarse una y otra vez porque debajo de todas esas interpretaciones continúa existiendo una base extraordinariamente sólida.

¿Qué podemos aprender de Hubert de Givenchy si nos apasiona la costura?

Muchísimo.

Y no hace falta estar confeccionando alta costura en un atelier de París.

Porque algunas de sus grandes lecciones sirven exactamente igual cuando estamos delante de nuestra máquina de coser en casa.

Mira el tejido

Antes de pensar únicamente en el patrón, observa el tejido.

Tócalo.

Muévelo.

Mira cómo cae.

Un mismo patrón confeccionado en dos tejidos diferentes puede convertirse prácticamente en dos prendas distintas.

Givenchy lo sabía perfectamente.

Entiende el volumen

No todas las prendas necesitan marcar el cuerpo.

Podemos construir alrededor de él.

Separarnos.

Crear espacio.

Jugar con mangas, hombros, largos y proporciones.

A veces modificar una silueta empieza simplemente por preguntarnos:

¿y si esta costura no estuviera donde siempre la ponemos?

Cuida los acabados

Hay una parte de la costura que probablemente nadie verá.

El interior.

Y precisamente ahí suele estar una enorme diferencia.

Una costura limpia, un cierre bien colocado, una vista cuidada o un interior correctamente rematado quizá no aparezcan en la fotografía final.

Pero tú sabes que están ahí.

Y eso también forma parte de coser bien.

La elegancia también se cose

Cuando miramos las fotografías de Hubert de Givenchy trabajando en su atelier resulta fácil entender por qué sus prendas transmitían aquella sensación de aparente sencillez.

Detrás había muchas manos.

Pruebas.

Correcciones.

Tejidos.

Patrones.

Costuras.

Horas de trabajo.

Y quizá esa sea la mejor manera de terminar nuestra visita a su historia.

Hubert de Givenchy falleció el 10 de marzo de 2018, a los 91 años, dejando detrás una Maison, innumerables diseños y algunas de las imágenes más reconocibles de la historia de la moda.

Pero dejó también algo menos tangible.

Una manera de hacer las cosas.

Porque las tendencias pasan.

Las siluetas cambian.

Las casas evolucionan.

Pero el respeto por el tejido, por el oficio y por un trabajo bien hecho nunca pasa de moda.

La elegancia no termina en una época.

Permanece en la forma de hacer las cosas.

Gracias, Monsieur Givenchy, por recordarnos que la verdadera elegancia también se cose cada día. 💙

A disfrutar cosiendo. 💙

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